Hace algunos años, un estudiante de la Yeshiva de Nueva York proveniente de una familia rica, llegó a su bar mitzvah. 

La celebración se celebró en el salón de banquetes de un sótano; se usaron artículos de plástico y papel. Fue la más simple de las cosas. Al final de la comida, el padre habló. La esencia de su mensaje era: “Yo realmente pude haber hecho una fiesta mucho más fina y elaborada, pero lo sentí innecesario. En lugar de eso, calculé la diferencia y le daré un cheque en esa cantidad a la Yeshiva de mi hijo”.

Más tarde, cuando el Rab del niño felicitó al padre por lo que había hecho, el padre respondió: “Me sentí muy incómodo al dar ese discurso. Parecía como si yo mismo me estuviera felicitando en público. Pero por el bien de todos, sentí que tenía que decirlo”.