En una ocasión, un bandido armado decidió esconderse en un lugar del pueblo robando a todos los que se le cruzaran en el camino. De pronto, justamente quien pasó cerca de el fue el oficial de impuestos del rey, y el bandido sin conocerlo, le robó todo lo que tenía. Después de poco tiempo, el bandido fue agarrado por las autoridades y puesto en prisión.
El oficial de impuestos le hizo una visita en la prisión y le dijo: “Si me devuelves todo lo que me has quitado, intercederé en tu nombre ante el rey”.
El ratero le respondió: “No me queda nada más que esta prenda real que te quité. ¡Aquí la tienes, tómala!”
“Bien” respondió el oficial, “Ahora mañana cuando te saquen para ser juzgado, el rey te preguntará si tienes a alguien que hable en tu nombre. ¡Pídele al rey que me convoque!”
Al día siguiente, el oficial fue citado a la corte del rey.
“¿Conoces a este señor?” Preguntó el rey.
“Si, el me atacó en el camino y me robó todo lo que tenía. ¡Me devolvió esta prenda ayer, para que pueda ver que lo que dije es vedad!” Contestó el oficial.
“¡Hay de este ladrón!” dijeron los presentes en el juicio, “¡El mismo artículo que el devolvió y que debería otorgarle cierta compasión, es en realidad la principal evidencia para acusarlo!”
Así mismo pasa cuando un Yehudi toma un Lulav en su tiempo para ganar sus propios méritos. Pero si el lulav es robado va ante Hashem (por así decirlo), y exclama: “¡Me han robado!”
Y los ángeles celestiales exclaman: “¡Hay de este hombre, porque lo que debía hacer sido su fuente de mérito es, de hecho, su principal fuente de acusación”.